Ya he estado más alla y sé que es lo último que nos queda.
Porque de eso estamos hechos.
Vestida de terciopelo, de vida, deja en silencio la noche, deja abierta la ventana y deja entrar
Me gusta representarte. Pensar en vos cuando te extraño.
Y vos, que existís a través de mis ojos, que sabes de mí por mí. ¿De qué te enamoraste?
¡Quiero irme! Para no estar mirando el suelo de hielo, o sintiéndome insegura ante la posibilidad de romperlo con la temperatura de mi fluir.
No quiero la razón del sueño... o del teatro en ruinas que ofrece mi imaginación. Te quiero a vos.
Quiero escucharte porque sino me lastiman los sonidos.
Abrazame. ¿Me abrazás?
Extendete hacia mí. Ayudame a variar el orden del tiempo, de la tarde, para que ya no quemen las canciones, ni el azar.
¡Ay! Me es imposible no sentir la presión de un tiempo que me recuerda la siempre-presente posibilidad de perderme en la profundidad de tus ojos azul negro.
Entonces, guiame, en la desesperación que nos transforma en acción, en ardor.
Brotá conmigo desde adentro, mirá conmigo donde sólo yo puedo mirar.
Quedate.
¿Cuántas cosas sabés? ¿Cuánto pensás? ¿Y cuánto sabés? ¿Cuántas plazas conocés? O sólo cambias la flor por papel... ¿De cuánto viento te adueñas? ¿No sabés que viene y no va? ¿Cuántas veces me mirás? Si yo bailo en el mar.
Te pido que te quedes y me cantes. Que me rimes y me bailes con poesía de día nublado, de libros, de piel. Pero, mirá, la luna se está riendo.
Grítame, grítamelo fuerte. ¡Dale! A qué te sabe el calor, la humedad, Buenos Aires.
¿A qué?
Si te digo, ¿me crees?
La atmósfera del jardín me invita a parar un rato, a sentir el viento, a ser ingenua entre tanta violencia, a sentarme apoyando el cuerpo sobre las manos, a sentir el momento que danza con el viento, a cerrar los ojos, a ver cómo el calor derrite mi sueño, a dejar de coleccionar fechas, anécdotas, nombres, tus ojos, tus títulos, tus dones, tus tristezas o mi ideal de restitución emocional. Mi jardín me enseña a liberar el alma y qué maravilloso es el mundo en ese momento. Qué lindo es mi jardín. Amo mi jardín porque es el que me enseña las ganas de estar acostada, mordiendo el pasto hasta quedar verde, en un estado de completa liberación donde las flores abundaban. Me dan ganas de perderme, en tus ojos, en la combinación de toda suerte de colores, en el ritmo de una canción. ¡Siento el aroma de tantas flores! El efecto me deslumbra y no es transitorio. Cómo me gustaría verte y ver ante mis pies el pasto, alto y muy verde. Y yo me muevo con miedo, porque no quiero olvidar que colgamos de la primera plaza que veamos. En todo esto, algo me duele y siento cómo los ojos me tiran del pensamiento, cómo la tarde se muere en estrellas.
Porcelana era una figura transparente y ágil, recuerdo de un viaje que nunca pasó. Estaba siempre perfumada, perfectamente en equilibrio y los brazos levantados en un gracioso abrazo. Según cómo la miraba la luz, destellaba reflejos de todos los colores a pesar de que ella había entregado el suyo.
Una de sus piernas se mostraba revelando los dedos del pie y su tobillo, más allá del doblez de su larga pollera color rosa gastado. En su cara inerte se entreveía cómo su sonrisa ocultaba sus sentimientos materiales, duros, quebradizos. Todos manifestados de forma gradual, como su llanto. Aquel que algunas veces quebraba el espacio cuando todo estaba oscuro. Y siempre, siempre, aquella tensión se la llevaba sin que pudiera hacer nada.
La figura, mirá, se rompió sola, sin que nadie la toque. ¡Que no te engañe su aspecto, tan descarada! Las figuras, ya sean de cristal o de porcelana, no tienen vida.
Entonces sí: para Porcelana lo mejor es gritar en el desierto donde realmente no hay nadie . Y aunque sus mensajes necesiten oyentes, sus ordenes necesiten oyentes, sus mentiras necesiten oyentes, su figura susurra sus verdades al desierto y no a las estatuas vivientes.
Su Roja Majestad no debiera de ronronear tan fuertemente, dijo Alicia, frotándose los ojos y dirigiéndose al gatito, respetuosamente pero con alguna severidad. Me has despertado y, ¡ay, lo que estaba soñando era tan bonito! Y has estado conmigo, gatito, todo este tiempo, en el mundo del espejo, ¿lo sabías, querido?
La oscuridad no deja ver la actitud del ánimo celoso que tiene el mapa gastado Nada perturba el paseo por las calles, ni siquiera los charcos empapados de dejadez, piedras y fiestas. Yo prefiero no correr porque disfruto seguir quieta, imperturbable lejos de esa conversación gastada de estereotipos. En cambio, elijo empezar una y otra vez esa conversación que permite, al menos, sentir el calor. El cuerpo. Te invito a abrir la boca ante el deseo de tragarnos el mar. Te cambio la espina del viento por una colección de fotos en mi álbum de sal. Yo viajo sin medir distancias en nuestro país de maravillas, eligiendo soñar mientras pasa el día.