19.5.08

(Des)hielo

Al animal caliente le queman las palabras y le duele el devenir del azar que lo obliga a quedarse mirando el suelo de hielo, sintiéndose inseguro ante la posibilidad de romperlo con la temperatura de su fluir. Para el animal caliente es imposible no sentir la presión de un tiempo que le recuerda la siempre-presente posibilidad de perderse en la profundidad de ese lago azul negro, como consecuencia de su propio calor interno. No saber si esconderse o reflejarse le provoca un movimento incesante, un ir y venir incontrolable hacia su locura de pensamientos que no quieren descomponerse. Y entonces el animal deviene ahogado en su propio miedo, aquel que lo obliga a quedarse a ver cómo el agua corre de un lado a otro (a diferencia de él), sin poder (*) hacer nada. Es ahí dónde ve extendida su alma, perdida bajo la capa de hielo.

Él se deshace en la misma escencia donde nacen y viven sus conceptos: por un lado sabe que es su calor el que le provoca la muerte, por el otro, es el frío el que lo aisla de su escencia hasta faltarle el respeto. Igualmente, el animal caliente reprime todo el calor de su cuerpo, suprimiendo sus ganas perdidas de arrodillarse para acariciar el suelo. Pero así y todo, para el animal caliente es imposible olvidar el recuerdo de esos finos hilos de agua caliente que alguna vez bailaron por sus dedos. Ese mismo calor que alguna vez lo llevó a imaginarse cómo cambiaría el curso del agua con sus propios golpes.

Imposible decisión para el animal caliente que no sabe. ¡No sabe! No. No sabe, porque su realidad no es movimiento, no sabe porque el hielo lo atormenta con la duda y no sabe porque le es imposible alterar la contingencia que lo divide, lo refleja, lo doblega, lo propulsa, lo oculta más allá de las líneas del horizonte. Todo al mismo tiempo lleva al animal caliente a perderse en la desesperación que lo transforma en acción, en ardor, en dolor y así el animal deja de cerrar sus ojos para brotar desde adentro, donde sólo él puede mirar. Es su escencia la que ya no quiere seguir tragando la saliva de la sed para acariciar la superficie con los dedos y así poder liberarse, sentir que el agua hierve tanto como él, metiéndose de lleno en su final. Ahora el animal sabe que busca simplemente abrazar ese momento en el cual perderse en su libertad. Pero, ¿cuál libertad?

Y como el animal caliente ya no pertenece al espacio-tiempo de su ambiente, ya no le es posible aferrarse a ese sentimiento que le sirvió de agarre y la acción lo lleva a soltarse en el momento en el que el hielo empieza a agrietarse. Así el animal saboreó su fin, hundiéndose bajo el agua, deshaciéndosese de calor en vapor. Así el animal recuperó su alma que lo llevó a sumergirse en el más dulce y profundo sueño de calor.

Y aunque ya no sirva de nada el segundo que pasó para el halago, aquel fue el día en el que el animal encontró el borde que le permitió subirse a su eterno dominio, más alla de su corporeidad, en el centro mismo de su pura existencia. Ahora queda el sueño y el resplandor del despertar que algún día permitirá al animal poder ver el color puro de su cielo y ya no del hielo.

(*) querer

1 comentario:

Fersita dijo...

Sin duda, los seres humanos somos animales calientes.
Tu narración existencialista me encantó, como todo lo que escribis.

Saludos! *·.